Adoradores del Sol y la Luna

Provenientes de las selvas tropicales del Amazonas y del Orinoco, llegaron los huetares a nuestro país. No solo se asentaron en Costa Rica, sino que se esparcieron por la vertiente Caribe de Centroamérica y por las islas Antillas.

Dentro del territorio nacional, ocuparon la mayor parte del país, extendiéndose por la vertiente Atlántica, la subvertiente norte (llanuras de los Guatusos y San Carlos) y el Valle Intermontano Central.

Miguel Angel Pacheco señala que “era uno de los grupos indígenas que más territorio ocupaba en Costa Rica, y el más poderoso de todos, pues con su excelente organización administrativa y bélica controlaban a casi todos los demás grupos indígenas que los circundaban: quepos, botos, chorotegas, talamancas, tices y catapas“ (Quesada Pacheco, 1997, p. 7).

Como ya habrá descubierto el lector, todo lo anterior nos lleva a concluir que, en la época precolombina, el cantón de Atenas estuvo habitado por este grupo étnico. Era común ver agrupadas varias familias indígenas en ranchos de forma cónica, situados en los alrededores de los cauces de agua, principalmente en los ríos Grande, Cacao, Cajón, etc.

El nombre "huetares" es atribuido al conquistador español Gonzalo Fernández de Oviedo, así como el de "chorotegas", derivados del nombre de dos caciques: Huetara, cacique de Pacaca (actual Tabarcia, al este de Santiago de Puriscal), y Chorotec o Chorotega, cacique de la zona que ocupaba el Pacífico Central (territorio que cubría los llanos de Esparza y los del río Tivives). Molina Montes de Oca aclara al respecto: "Probablemente el imaginativo cronista español tomó la idea de la costumbre española (herencia de los griegos y los romanos) de pluralizar el nombre paterno como apellido de los hijos: González, por Gonzalo; Fernández, por Fernando, etc." (Molina Montes de Oca, 1993, p. 83).

Su principal actividad económica consistía en la siembra de tubérculos, como la yuca, y de la palma pejibaye. De esta última procesaban la chicha, con la cual se embriagaban en las ceremonias religiosas y de cuyo tronco fabricaban los arcos y las flechas. Otros cultivos que desarrollaban, aunque de menor importancia, eran el maíz y el cacao. El desarrollo del comercio se basaba en el trueque.

Complementaban la agricultura con la caza, efectuada con arco y flecha, cerbatana, trampas, círculos de fuego, etc., y con la pesca, que la realizaban con redes, con las manos, con flechas, etc.

La tela usual que utilizaban en su forma de vestir era fabricada de la corteza de un árbol que los conquistadores llamaron “mastate”. Sobre este particular, Doris Stone indica que "los hombres usaban taparrabos y chalecos cortos, y las mujeres enaguas que llegaban hasta las rodillas, pero usaban indumentos de algodón en ocasiones especiales" (Doris Stone, 1973, p. 39).

El cacique poseía la autoridad, obtenida en forma hereditaria. Su organización social se dividía en tres grupos: la clase alta, formada por el cacique y su familia, así como por los sacerdotes y los sukias o médicos hechiceros, la clase media constituida por el pueblo, y los esclavos, quienes ocupaban el estrato más bajo de la sociedad.

Los conflictos bélicos eran práctica común. Entre sus costumbres estaba la de matar a los prisioneros y cortarles las cabezas, las cuales mantenían en calidad de trofeo. Hasta las mujeres iban a la guerra y ayudaban a sus hombres ya fuera alcanzándoles lanzas y varas, o bien, tirándoles piedras a los adversarios.

Los huetares rendían culto al Sol y a la Luna. Con tal fin, construían altares y montículos de piedra. Además, veneraban los huesos de sus antepasados. Enterraban los restos del difunto junto con diversos objetos que en vida le pertenecían y..., ¡sus esclavos! (sacrificados por tal motivo, pues se pretendía que les fueran de utilidad en la otra vida).

El sacrificio humano era comúnmente practicado en actividades funerarias o religiosas. Seleccionaban a un grupo de personas, que eran conducidas al altar, donde serían sacrificados. En 1527, Fernández Oviedo escribía al respecto: “...Toman una muger u hombre... é súbenlo en el dicho monte é ábrenle por el costado é sácanle el corazón, é la primera sangre del es sacrificada al sol. E luego descabezan aquel hombre e otros quatro o cinco sobre una piedra... y echan los dichos cuerpos assi muertos á rodar... donde son recogidos, é después comidos por manjar sancto e muy presciado” (Molina y Palmer, 1997, p. 17).

Se distinguieron por sus trabajos en piedra, entre los que realizaban planchas alargadas con figuras humanas en la parte superior, figuras acuclilladas, guerreros que sostenían hachas y cabezas en forma de trofeo, piedras en forma piramidal con inscripciones y dibujos, etc. Por cierto, algunos de estos trabajos fueron hallados en el caserío de Los Ángeles, cerca del río Cacao y la quebrada Matías, y en algunas partes de la población de Río Grande.

En la región de Atenas también se han encontrado objetos con las características de los chorotegas, lo que evidencia posibles intercambios entre tales tribus.

Para la época de la conquista y colonización española, los huetares fueron utilizados para realizar trabajos pesados, al ser repartidos como esclavos por los españoles. El maltrato y la escasa alimentación que les daban fue provocando su extinción, ya que en el siglo XVIII casi no quedaban. No obstante, de conformidad con Molina y Palmer, "...las epidemias traídas por los invasores fueron el factor clave. El sistema inmunológico de los nativos fue incapaz de defenderlos de enfermedades nuevas: viruela, tifus, tosferina, sarampión y gripe” (Molina y Palmer, 1997, p. 19). De esta forma, fueron aniquilados al igual que otros pueblos indígenas como los cotos, los quepos y los chorotegas.

Fuente: Eladio Alonso Valerio Madriz. Atenas: pinceladas del ayer. Alajuela, C.R.: Museo Histórico Cultural Juan Santamaría, 2004, pp. 3-7.