Yo soy feliz en mi chiquero, y Usted?

Voy a intentar recrear el diálogo que aconteció hace un tiempo, con una amistad que tuvo que permanecer en Atenas unos días, debido a su trabajo. Un día en particular, me comentó burlonamente: –Sabes que lo único bonito que tiene Atenas es la agradable sensación que experimenta uno cuando se monta en el autobús para salir de aquí....

Extrañado, le pregunté por qué opinaba de esa manera.

- Es que éste es un pueblo sumamente aburrido. No hay nada que hacer en la noche... ¿o es qué a ti te gusta vivir aquí?
* Claro que me gusta. Me encantan esta tierra y su gente. Aquí he vivido toda mi vida y esto no lo cambiaría por nada...

Y él, haciendo mofa de mis palabras, dijo:

- Claro. Todo chancho es feliz en su chiquero...

Hoy me dio por recordar esa conversación y surgieron algunas interrogantes en mi mente: ¿tendría razón esa vieja amistad?, ¿será que estoy tan habituado a mi lugar de residencia, que no puedo visualizar más allá de lo que me transmiten mis sentimientos de pertenencia?

Para dar respuestas satisfactorias a mis preguntas, me puse a analizar el entorno. Y me agradaría compartir un poco de lo que advertí con detenimiento.

Noté que todas las mañanas, cuando me dirijo a mi trabajo, me encuentro con gente conocida y desconocida, a la cual le expreso un simple “¡Buenos días!”. Y fue difícil que alguien no me devolviera el saludo en forma atenta. Recordando las palabras de mi amistad, ¿será que la gente cortés es aburrida...?

Observé a jóvenes y adultos que pertenecen a organizaciones sociales, tales como asociaciones de desarrollo, Cruz Roja, Cuerpo de Bomberos, Club de Leones, voluntarios del Hogar de Ancianos, juntas de educación y vicentinos, por medio de las cuales se entregan desinteresadamente a una causa particular, por el bien de su prójimo. Si mi conocido tenía razón, ¿será que no tienen nada mejor que hacer?

Me percaté, gracias a él, que vivo en un pueblo tan sin gracia, que por culpa de su gente hoy se levantan incólumes obras como la Clínica del Dolor y Cuidados Paleativos, el Monumento Nacional al Boyero Costarricense, las toronjas rellenas (postre hecho de toronja y cajeta, sello distintivo de mi tierra), el Museo Ferroviario de la estación de Río Grande, por mencionar sólo algunas de ellas. ¿Será que las ideas, por culpa del aburrimiento, no dan para más?

Aprecié como un sábado en la noche, después de la salida de misa, disfruté en compañía de mi familia sentados en un poyo, en el parque, simplemente conversando, al tiempo que saboreábamos un delicioso helado. Y ninguno de nosotros experimentó el temor de ser asaltados en ese apacible lugar. ¿Será que bajo la óptica de lo aburrido, la ausencia de ese miedo le quita sabor a la vida?

Percibí que mi hija Floriela crece y aprende feliz en el centro educativo donde estudia, lugar donde comparte alegremente con sus compañeros y maestros. Me di cuenta que es tanto su ánimo por acudir allí, que su hermano Esteban, de escasos tres años de edad, ya está ansioso por ingresar a la escuela. Supuse que algo tenía que ver el ambiente estudiantil... ¿o estaré equivocado, por estar aclimatado a mi entorno?

Hoy me contó mi esposa que estaba haciendo un postre y se quedó sin leche, ingrediente vital para concluirlo. Como ya estaba cociéndose en el fuego y no daba tiempo de ir al supermercado, no dudó un momento en recurrir a una de nuestras vecinas, para pedirle un poco. Y esa persona no tuvo ningún reparo en hacerlo. Sí, caí en la razón de que conocemos a nuestros vecinos por sus nombres, cosa que no sucede en otras latitudes. Y ellos se interesan en nosotros, tanto como nosotros nos interesamos en ellos. ¡Qué estúpidos resultamos ser, ya que eso es digno de gente aburrida!

Un día descubrí algo inusual, mientras estaba haciendo una pequeña fila en el cajero automático: una patrulla se detuvo y de su interior salieron un par de policías. Uno de ellos habló con un taxista y le pidió que por favor le llevaran a un “cliente” a su casa. El tipo no tuvo impedimento alguno en hacerlo. Y aquel individuo que bajó del vehículo policiaco, todavía borracho, fue llevado a su casa, sano y salvo, gracias a la noble diligencia de la autoridad del pueblo. ¡Claro! Cualquiera se habría desilusionado, ya que no hubo derramamiento de sangre por esa acción...

Sí. Creo que mi amistad tenía razón. Estos simples detalles me llevaron a concluir que efectivamente resido en un pueblo aburrido, donde no sucede nada especial. Pero saben que es lo más paradójico de todo... ¡que soy inmensamente feliz de vivir en mi chiquero!

Descubre todo lo bueno que tiene tu pueblo. Ese precioso lugar en el que tuviste la dicha de nacer y crecer. Ese formidable pedacito de tierra en el que tienes el placer de vivir. Aprende a valorarlo, a defenderlo, a saborearlo...

Fuente: Eladio A. Valerio Madriz. “Yo soy feliz en mi chiquero, ¿y usted?”. Revista Entre Cantones. Año 17, n.° 1, julio 2006, pág. 11.